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reiki

Una de terapias: Reiki

 

Este fin de semana he tenido el placer de participar en un curso de iniciación al Reiki, con Aurelio, en la Casa de las Flores, y creo que aún no he bajado de las nubes…

En primer lugar os voy a hablar del Reiki.

El Reiki es una de las llamadas terapias tradicionales o terapias complementarias, que está reconocida por la Organización Mundial de la Salud.

Se basa en la armonización de la energía, como casi todas las terapias naturales. Si partimos de la base de que cada persona posee un campo electromagnético, cualquier interacción en esa energía puede afectar a niveles emocionales y traducirse a nivel físico.

Es un hecho que hay situaciones, lugares e incluso otras personas que nos provocan bienestar, e igualmente también las hay que nos provocan rechazo. Eso es nada más y nada menos que la reacción de nuestro campo electromagnético ante la exposición o cercanía al de esas situaciones, lugares o personas.

La terapia realizada con Reiki tiene como propósito el equilibrio de nuestro campo electromagnético, que se ve alterado a diario por nuestro estilo de vida, nuestras creencias y nuestras relaciones.

El reikista es un simple conductor de la energía universal. Mediante la imposición de las manos a lo largo del cuerpo de la persona que está recibiendo el tratamiento, se transmite esa energía (ki, en China) universal (rei).

Se considera una terapia curativa o sanadora, ya que, al equilibrar la energía de la persona, las manifestaciones físicas de los problemas emocionales, pueden resolverse.

Mi experiencia con reiki, tanto con mi familia, como con amigos y pacientes, es muy reconfortante. No pretendo con este artículo dar argumentos para convencer a nadie acerca de su veracidad. Mi intención es acercaros una terapia que practico y disfruto desde hace mucho tiempo y que os recomiendo encarecidamente.

Hace tiempo que no necesito buscarle la lógica, ni la explicación científica a las cosas. Me basta con que me hagan sentir mejor para aceptarlas.

Y como todo lo que es bueno para mi, uno de los que más disfrutan del Reiki en casa es mi hijo. Todos nacemos con los centros energéticos o chakras en perfecta armonía, por eso a los niños les funciona esta terapia de manera sorprendente. No tienen barreras ni creencias que les provoquen rechazos, por lo que están abiertos de manera incondicional a todo lo bueno que les pueda venir.

Cuando estoy sentada leyendo en el sillón, aunque él esté viendo la tele, hay un momento en el que desconecta, empieza a gatear por el sofá, hasta que se me acerca y me dice: “¿Te apetecía que me viniera un poco contigo, verdad?”. Entonces a mi se me pone cara de boba, se me acopla encima, me coge las manos y se las pone dónde a él le apetece. Si retiro las manos me las vuelve a coger y me dice: “Mamá, me gustan tanto tus acaricias”.

Eso lo hace de manera habitual, pero cuando se da un golpe o algo le duele, directamente me pide que le haga reiki. Él sabe que su mamá es enfermera y que ayuda a que la gente se cure. Y yo estoy encantada de que no sean los jarabes o pomadas lo que él cree que yo utilizo para curar, sino que sean mis manos.

En los hospitales ya se está utilizando el Reiki como terapia complementaria en algunas plantas de oncología y cuidados paliativos; casi siempre como último recurso, lo que es una pena porque en estadíos anteriores puede ser mucho más efectivo.

Estamos a años de ver un poco de luz respecto a la medicina convencional y de darle sus sitio a la sabiduría ancestral, pero como dice la frase que llevo por bandera este año “el camino más largo es quedarse parado” y escribir este artículo para mi es un paso muy importante.

No quiero terminar sin agradecerle a Aurelio y al grupo de personas que lo acompañaron (Paco, Reyes, Alejandra, Pierre, Nati y Dana), su generosidad al impartir estos cursos de manera gratuita, acercando el Reiki a las personas que no lo conocen y dándonos la oportunidad de vivir un fin de semana lleno de emociones, sentimientos, energía y paz.

Y a la casa de las flores no quiero echarles muchos piropos, porque se merecen un artículo aparte. Gracias Inma y Antonio. El curso terminó a las dos y yo a duras penas fui capaz de irme de allí a las cinco y media. Que suerte teneros tan cerquita…

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